21/5/11

La obra

Era su momento cumbre, la demanda de Dios había sido por fin cumplida. El resumen de toda su vida quedaba plasmada en aquella obra que posaba frente a el como algo divino, hermoso, sublime, que se asegura habría echo llorar al propio Miguel Ángel. El lugar era algo indigno para el nacimiento de aquella creación, no era más que una miserable buhardilla derruida por el paso de los años y que el descuido de su habitante dedicado perpetuamente en su obra, lo había convertido en un lugar tan miserable, que ni las arañas iban a morir ahí. Sin embargo, el milagro estaba terminado en su centro, y convertía toda la habitación en un maravilloso y acogedor cuadro, como salido del pincel de un Fragonard. La mano marchita le temblaba quedamente al terminar de dar fervientemente el último detalle, sus ojos casi ciegos, parecían brillar al asomo tímido de cristalinas lagrimas, su carne ya vieja parecía estremecerse, pero su alma por fin estaba en reposo; ya no había nada más por hacer, su obra por fin estaba terminada, donde el jubilo de la creación se mezclaba con la tristeza del final, y la magnificencia de lo perfecto se mezclaba con el temor a Dios.
Ahora, habría que mostrar aquella pieza de arte, habrá que compartir con los demás el beso de Dios, ¿pero a quien? Tal vez a sus hijos o esposa, pero no recordaba si alguna vez los tubo, su madre seguramente quizá ya habría de estar muerta, y la última persona que vio fue hace tantos años, fue tan largo el periodo que no pensaba en la gente, que un miedo le invadió su voluntad ante la idea de tratar con ellos. Confundido por el pánico, desesperado, levanto la vista y por primera vez contemplo su obra finalizada, era tan hermosa, que su corazón parecía desbordarse de amor. No había duda, la belleza de su obra estaba ahí, y era su deber mostrarla. Decidido, tiro su instrumento y se dispuso a salir de la habitación, su caminar era lento por el dolor de sus piernas atrofiadas, pero era firme a pesar de que le afligía el alma tener que dejar de mirar por un momento su creación.
El día entraba en el ocaso, al igual que su vida, al igual que sus ropas desgarradas por el tiempo, que sin voluntad propia o quizá por travesura de algún querubín suelto, se enredan en el remate de un velo de la obra. Se dice que fue como el triste llanto de una sirena, el sonido que hizo la pieza al convertirse en infinitos pedazos por el suelo.
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La luna esparcía sus rayos de luz por entre los agujeros del tejado, iluminando como en una escena mágica, incontables pedazos que parecían estrellas en las profundidades del mar, y a su lado para siempre, el cuerpo inerte de un hombre.

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